viernes, 15 de abril de 2011

XXII CONCURSO DE SAETAS “SIERRA BLANCA”

EL SEVILLANO ANTONIO ORTEGA SE ALZÓ CON EL TRIUNFO

Por Paco Vargas


Foto: Juan Recio

A pesar de las dificultades económicas por la escasa ayuda recibida, la Peña Flamenca Sierra Blanca ha celebrado su anual Concurso de Saetas, que ya ha cumplido veintidós años. Y es que cuando hay ganas de trabajar y gente dispuesta a ello, las dificultades aminoran; lo cual no es excusa para que las administraciones públicas dejen de atender a aquellas entidades que luchan por la cultura en general y el flamenco en particular: mucho patrimonio de la humanidad, pero ayudas las justas.

La edición de este año ha convocado a doce mujeres y hombres llegados de distintas provincias andaluzas que a lo largo de tres sesiones han luchado por conseguir los premios que establecían las bases. Tras las preliminares de los días 5 y 6 de abril, celebradas en los locales de la Peña, el jurado calificador, compuesto por Ángeles Suárez, Luís Fonseca, Manuel Pérez y Daniel García (secretario), tras la acertada deliberación, otorgó los siguiente premios, que en orden descendente quedaron así: Antonio Ortega –que cantará saetas el Lunes Santo-, Sebastián Navas, José Antonio Cuevas, Rocío Alcalá, Rufino Rivas y Juan Gómez (Premio Local). De esta manera acababa la final del pasado día 12 en la Capilla del Santo Cristo, después de que cantaran dos saetas cada uno. La Agrupación Musical “La Pollinica” interpretó distintas piezas de la más genuina música religiosa de Semana Santa. Su director José Sánchez está haciendo una magnífica labor que hay que agradecerle y por la que desde estas líneas le felicitamos.

La saeta flamenca nace como nacieron otros cantes. No por generación espontánea, sino como consecuencia de una lenta transformación, a fuerza de ir introduciéndole tercios flamencos y músicas nuevas que van desbancando a las originarias. En 1.919 se cantó en Sevilla la saeta por siguiriyas, y quien la cantó fue Manuel Centeno. Es muy probable que éste y otros cantaores de la época interpretaran saetas populares y las hicieran flamencas, pero eso no quiere decir que fueran ellos los creadores. Debemos fijar la cuna de la saeta, que fue Jerez, y el lugar de su florecimiento, que sin duda fue Sevilla, coincidiendo con el auge de las cofradías. Por eso, en 1928, escribía Joaquín Turina:(...) "Los profesionales del cante flamenco han inventado una nueva forma de saeta, procedente de la seguidilla gitana, amoldando un poco las fórmulas al sentido, siempre religioso, de las palabras".

En toda saeta flamenca se deben distinguir cuatro conceptos subordinados: voz, técnica, estética y emoción. La voz, empero, debe ser patrimonio compartido a la hora de interpretar cualquier estilo de saeta flamenca, ya sea por seguiriyas, por martinetes o por carceleras, que es el único estilo de los tres que cuenta con coplas propias dirigidas a la Virgen de la Soledad, especialmente en Córdoba donde se cultiva desde hace muchos años coma modalidad propia, conocida coma "carcelera vieja cordobesa". Las músicas flamencas hicieron de la saeta un cante de dimensiones melismáticas y artísticas tan extraordinariamente grandes, que dejó de ser popular para convertirse en cante grande, sólo en las voces de los más grandes especialistas. Aquella primitiva saeta flamenca jerezana, con el paso del tiempo y las aportaciones personales de los maestros del cante, es hoy un cante más del frondoso árbol flamenco.

Manuel Torre marcó un hito, porque sus saetas fueran puras creaciones que sobrepasaron su personalidad artística. No debemos pasar por alto, en este análisis de la saeta, el nombre de Manuel Centeno —a quien algunos atribuyen la invención de la saeta por siguiriyas—, discípulo de Chacón, de voz limpia, exenta de toda artificio melódico, que le hace acreedor de gran fama como saetero excepcional. Como tampoco debemos olvidarnos de Manuel Jiménez Martínez de Pinillo "Manuel Vallejo", que atesoraba en su garganta la riqueza del trino más bello y dulce para donarlo generosamente cuando cantaba aquellas saetas que llenaban las calles de Sevilla, ya perfumadas de intenso azahar. ¿Y Antonio Mairena? El cantó par vez primera en la Semana Santa Sevillana de 1.933, en el Casino Tertulia Sevillano de la calle Sierpes. Y luego, con el correr del tiempo, sería el ídolo de la Semana Santa en Sevilla. Con él se completaría el triángulo de saeteros excepcionales: Manuel Torre, el Niño Gloria y Antonio Mairena. Dejo para el final, de estos trazos definitorios de las voces del cante por saetas, al malagueño Joaquín José Vargas Soto "El Cojo de Málaga". Él reinventó la saeta malagueña para dejarla en el sitio que verdaderamente le correspondía. Él introdujo la “toná del Cristo” como remate glorioso e insuperable de la saeta. Él llenó de trágico temblor las noches de la Semana Santa malagueña.